El origen del turismo
El turismo es una actividad que, en la actualidad, forma parte del concepto de ocio para la mayor parte de la población de clases medias y altas de los países más ricos. Sin embargo, como todo, tuvo un origen y unos primeros años de echar a andar para convertirse en la poderosa industria que hoy mueve masas. En 1890, época en la que se sitúa la acción de la novela Sonó un violín en París, el turismo sigue siendo una experiencia reservada a una minoría privilegiada, pero la maquinaria ya está engrasada y a pleno funcionamiento gracias a la expansión del ferrocarril, el aumento y mejora de la oferta hotelera o la aparición de las agencias de viaje.

¿Cuál es el origen del turismo?
La palabra turismo (tourism en inglés; tourisme en francés) viene de “tour”. Pero ¿cuál es ese “tour” primigenio? Pues, más allá de ejercicios anteriores de visita y exploración del mundo, que sin duda existieron en cronologías previas y que pueden englobarse dentro de la idea de “viaje”, debemos ubicar el nacimiento de lo que será del “turismo” en el “grand tour”.
El “gran tour” era una experiencia obligada para todo señorito inglés del siglo XVII-XVIII que se preciara. Era la época de la luz, del conocimiento, así que visitar el continente y llegar hasta Roma, una de las cunas de la civilización europea, se entendía como la mejor manera de rematar la formación de un joven aristócrata. Evidentemente, esta experiencia formativa terminó convirtiéndose en un símbolo de estatus, así que no podemos afirmar que los señoritos ingleses que realizaban el tour se convirtieran, gracias a él, en unos eruditos. Pero seguro que su apellido salía reforzado.

British Connaisseurs. James Russel. Wikimedia Commons
Durante el siglo XIX, la liberalización de la economía y la revolución industrial y de los transportes permitieron que la experiencia de hacer un “tour” por Europa se fuera perfeccionando y haciendo más y más cómoda. No es de extrañar que las nuevas posibilidades tentaran a más personas, deseosas de practicar esa actividad consistente en ir a los lugares más destacados del continente, de hacer el tour, de ir, ver y marcharse (dinámica algo distinta de la del viajero o explorador). Pero, como sospecharás, hablamos de personas con capacidad para pagar todos los gastos derivados del viaje y para ausentarse durante semanas de su lugar de residencia y trabajo. Es decir, los rentistas o propietarios. Con el avance de la centuria los intelectuales con alto poder adquisitivo se pudieron sumar a la aventura del turismo - son conocidos los textos viajeros dejados por Ramón Mesonero Romanos o Emilia Pardo Bazán - pero continuó siendo una actividad reservada para privilegiados. Y es que, para el turismo de masas que conocemos hoy día, hay que esperar al siglo XX y, entre otras cosas, a la introducción del derecho a vacaciones pagadas. Así que, en la década de 1890, no debes imaginar museos con filas kilométricas de turistas esperando a entrar, tampoco plazas abarrotadas de gente haciéndose fotos ni restaurantes altamente solicitados en los que uno debe reservar antes de comenzar el viaje, ...

Planning the Grand Tour. Emil Brack. Wikimedia Commons
Sin embargo, entre el turismo de hace 150 años y el de hoy sí existen numerosas similitudes, pues allí se asentaron las bases de lo que conocemos como industria turística.
El tren, el mejor amigo del turista
Si algo amplió las posibilidades del turismo en el siglo XIX fue la creación de la red ferroviaria europea durante la segunda mitad de la centuria. Así, el ferrocarril sustituyó el uso de carruajes privados o de diligencias en muchos trayectos. De hecho, los primeros trenes estaban inspirados en las diligencias. ¿Qué es un compartimento si no una réplica de la estructura interna de un coche de caballos?

Compañeras de viaje. Augustus Egg. Wikimedia Commons
Viajar en tren, sin embargo, no garantizaba las velocidades a las que, en la actualidad, estamos tan acostumbrados. Pensemos que las máximas de los trenes más rápidos de finales del siglo XIX eran de 60-70 kilómetros por hora, así que los trayectos eran largos y, de alguna forma, la experiencia de estar en el compartimento era una parte esencial de hacer turismo.
Las capitales europeas se llenaron de estaciones en las que se desplegó todo el ingenio arquitectónico del momento y, en torno a ellas, fueron apareciendo hoteles (de los que hablaremos en un momento). Las estaciones eran espacios de gran bullicio en los que se desplegaba el variado personal ferroviario y en los que existían taquillas de venta de billetes, consignas, tiendas, salas de espera por clases, retretes y bufé. Estos dos últimos servicios eran de vital importancia en las primeras décadas de funcionamiento del ferrocarril, puesto que los vagones no tenían fuelles de interconexión y era imposible desplazarse por el interior del tren. Así, uno se subía en el compartimento y no podía salir de allí hasta que el convoy se detuviera en alguna estación. Al aviso de “¡parada de retrete!” o “¡parada de bufé!”, que eran algo más largas, una marabunta de viajeros se agolpaba en las estaciones tratando de solventar sus necesidades antes de que el tren arrancase de nuevo.

Estación central de Estrasburgo. 1890. Bibliothèque nationale de France. CC0. Wikimedia Commons
Como siempre ocurre, las mejoras se fueron introduciendo progresivamente, especialmente en los vagones de primera clase. Así, a finales del siglo XIX, entre los coches de compartimentos ricamente revestidos en madera y terciopelo, existían coches-restaurante, coches-salón y aseos. En Europa, también existía una segunda y una tercera clase, con asientos de madera.
A la cabeza, la rugiente locomotora de vapor, insignia de la revolución de los transportes. En ella también debemos incluir la proliferación de vehículos de uso público en las ciudades, como los tranvías o los ómnibus (antecedente del autobús). También existían taxis, berlinas con conductor, al que se pagaba por tiempo o por carrera; diligencias, que siguieron conectando puntos olvidados por la red ferroviaria; ómnibus privados, carruajes de mayor capacidad, pero que operaban una línea privada, por ejemplo, entre un hotel y una estación; y, por supuesto, el abanico de tipologías de coche de caballos más o menos existente durante todo el siglo (berlina, calesa, furgón...).

Gare de Survilliers, Francia, con taxis y ómnibus en la entrada. c.1890. Scan of old postcard. Wikimedia Commons
Y para dormir, ... ¿dónde?
Quizás te estés preguntando cómo se las apañaban estos primeros turistas para saber dónde alojarse y reservar una habitación. Bien, pues si borramos Internet (con Booking, Google y compañía) y el teléfono, nos quedan estas maravillosas alternativas: las guías de viaje adquiridas en librerías para buscar alojamientos y las cartas y el telégrafo para solicitar una reserva.

Página de la guía Baedeker de París y sus alrededores. 1889. Wikimedia Commons
En las guías de viaje de finales del siglo XIX, los hoteles aparecen diferenciados entre primera y segunda categoría. En los de primera se coló una tipología que ganó gran reconocimiento y llegó con fuerza al siglo XX: el Grand Hotel. Estos alojamientos – salvo en los casos en los que se publicitaban como tal de forma engañosa - tendieron a contar con mayores comodidades y con los avances más punteros de finales de la centuria (luz eléctrica, calefacción, aseo en la habitación, ascensor...). Serán, además, los que pongan el foco en la distinción de sus restaurantes, a los que terminará acudiendo clientela local. El régimen más recomendable en los hoteles de primera clase era el de pensión completa – con la fórmula “table d’hote” -, con lo que los turistas comían y cenaban allí. Algunos gastos cobrados aparte era el servicio de lavandería, la limpieza de zapatos o las velas.

Hotel Brun. Bolonia. c. 1900. Edith Coulson James. Biblioteca dell Achiginnasio
Los hoteles de segunda clase y las pensiones no gozaban de las mismas comodidades y, en las guías, se alertaba de que algunos carecían de la higiene mínima. Como todo, había casos y casos, y algunas de las opciones más baratas, muchas de ellas situadas, como decíamos, en el entorno de las estaciones, estaban recomendadas por estas mismas guías. En Italia, estos alojamientos más sencillos, en ocasiones, tenían al lado una trattoria en la que uno podía deleitarse con comida local “a precio fijo”.
Una modalidad que también existía en las ciudades más visitadas era la de alquilar un apartamento amueblado. Sí, al mismo estilo Airbnb. Normalmente, existían oficinas inmobiliarias que gestionaban este tipo de alquiler temporal con las que uno debía ponerse en contacto vía carta a la dirección indicada en la guía de viaje.
En la novela Sonó un violín en París solo hay dos alojamientos ficticios en el viaje, los referentes a apartamentos. El resto son hoteles que realmente existieron. ¡Y solo es una pequeña selección! Así que imagina todas las opciones que ya existían entonces.

Hotel Rother Hahn. Núremberg. 1895. Wikimedia Commons
El negocio de las agencias
Al igual que ocurre hoy en día, muchas personas preferían no pelearse con guías y reservas y dejar el viaje en manos de un intermediario: un turoperador o agencia. La primera agencia de viajes del mundo la creó el inglés Thomas Cook en 1851. Así que, en la década de 1890, ya tenía un recorrido de 40 años ni más ni menos.
A lo largo de las primeras décadas de existencia, Cook se dedicó a realizar viajes organizados, primero dentro de la isla de Gran Bretaña y, después, por el continente. Poco a poco, fue perfeccionando su servicio y creó los paquetes de viaje que incluían el viaje, el alojamiento y la comida. Así, su principal actividad a finales de siglo, tal y como indica la guía Baedeker del Sudeste de Francia, era la organización de "viajes largos al gusto de su especial clientela". La metodología era similar a la actual, pues se entregaban bonos que los viajeros podían presentar ante los hoteles como prueba de la reserva. Con el cambio de siglo, el turismo ya llegaba a destinos más lejanos, fuera de Europa, como Egipto. Además de la agencia Cook, en torno a 1890, también operaban otras empresas como la agencia Gaze o la agencia Lubin.

Anuncio del tour por Palestina y Egipto de la agencia Cook. 1902. Wikimedia Commons
¡No sin mi equipaje!
Uno de los elementos fundamentales de todo viaje es el equipaje. En las guías de la época se subraya la importancia de no pasarse con los bultos. No debe sorprendernos, pues hoy, en trenes y aviones, también existen restricciones. La diferencia es que los turistas de finales del siglo XIX eran gente pudiente y las exigencias en la vestimenta no eran las mismas que las actuales. Así, se recomendaba, en la medida de lo posible, limitar los bultos a una maleta y un saco. Pero no es de extrañar que esto no siempre se cumpliera, pues los artículos de viaje de la época incluyen baúles, maletas tocador, sombrereras, ... En general, el billete de tren incluía equipaje hasta un peso, que rondaba los 30 kg. Lo demás debía abonarse aparte y podía ser una verdadera lata en transbordos o cruces de frontera.

Baúl de viaje. 1890-1902. Museum Rotterdam. CC BY-SA 3.0. Wikimedia Commons
