El París de la Belle Époque
“En aquel tiempo, todo ocurría en París: los más apasionantes sueños y las más siniestras pesadillas. Todo cabía en París.” Estas dos frases de la novela Sonó un violín en París me sirven para presentarte a la Ciudad de la Luz que existió a finales del siglo XIX. A aquella época, caracterizada por un cierto optimismo y el gusto por la vanguardia, se la bautizó como belle époque. Este periodo entró en el siglo XX hasta las puertas de la Primera Guerra Mundial. A continuación, voy a contarte algunas curiosidades sobre ese París que ha desaparecido en el pasado (o, quizás, no del todo...)

Plano en mano
Permíteme que te trate como a un turista recién llegado al París de la década de 1890. Creo que lo primero que debo hacer es prestarte un plano para que veas las dimensiones de la ciudad, los principales distritos y lugares de interés. Aquí lo tienes:

Plano de París. 1893. Alexandre Vuillemin. Wikimedia Commons
Como puedes comprobar, aunque París ha cambiado mucho en 130 años, los distritos centrales conservan un trazado muy similar, con calles y avenidas que no han variado de nombre. Así que algo me dice que, si has visitado esta emblemática ciudad, no tendrás problema en ubicarte.
El origen del París que conocemos hoy y que ya existía, en gran medida, a final del siglo XIX, está en la profunda reforma auspiciada por el barón don Georges-Eugène Haussmann, que fue prefecto de la ciudad entre 1853 y 1870. Sin duda, el barón Haussmann contaba con la confianza de Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte y autoproclamado emperador desde 1852. Desaparecieron las murallas, se reconfiguró el centro y se amplió el área metropolitana. A lo largo de las siguientes décadas, los distritos más antiguos, ahora saneados y plagados de bulevares, serán ocupados por las clases acomodadas, mientras que las más humildes tendrán que marcharse a la periferia. Así mismo, y previo a esta gran reforma, París se había ido engalanando con edificios monumentales de estilo neoclásico en tiempos de Napoleón Bonaparte (el Panteón, la Madeleine, el Arco del Triunfo de la plaza del Carrusel, la columna Vendôme...).
Vista del Panteón de París desde la rue Soufflot. 1859. París. Gustave Le Gray. Wikimedia Commons
Transporte
Si algo tenía el París de 1890 era una compleja y completa red de transporte. Contaba, ya por esas fechas, con nueve estaciones de ferrocarril: la estación del Norte, la estación del Este o de Estrasburgo, la estación de Vincennes, la estación de San Lázaro, la estación de Montparnasse, la estación del Campo de Marte, la estación de Orleans, la estación de Luxemburgo y la estación de Lyon. Además, en torno a la ciudad, circulaba un tren de cercanías llamado “petite ceinture” cuya estación principal era la de San Lázaro. El recorrido completo podía hacerse en poco más de una hora y los trenes pasaban cada diez minutos. Era bastante útil para ir a los barrios suburbanos.

Fachada de la estación del Norte de París. 1900. Postal antigua editada por BF. Wikimedia Commons
Así mismo, los ómnibus (un tipo de carruaje de gran capacidad que podía transportar entre 30 y 40 personas, antecedente del autobús) y los tranvías (con capacidad para unos 50 pasajeros, tirados por caballos o, en algunos casos, ya eléctricos) daban servicio desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, conectando toda la ciudad. Para que te hagas una idea, existían hasta 39 líneas diferentes de ómnibus. Para subirse a uno, el viandante bien podía acudir a una de las oficinas que existían por la ciudad o pararlo en la calle. Por el río Sena circulaban los barcos-ómnibus.

Ómnibus tirado por caballos. c. 1890. París. CGO. Wikimedia Commons
En caso de preferir un transporte individual, los parisinos de hace cien años también podían pedir un taxi. No en vano, en 1896, había 13.000 en funcionamiento. La contratación del servicio podía ser “une course” (un viaje o trayecto) o “à l’heure” (por horas). Si el reloj daba las doce de la noche, el taxista podía rechazar llevar al viajero más allá de donde se encontraban las fortificaciones que dibujaban los límites de la ciudad. Recordemos que la noche, en aquellos tiempos, seguía siendo foco de inseguridad. También existían oficinas de alquiler de coche por días. Como ves, no hemos inventado nada...
Ocio
En la capital cultural de Europa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX había muchas formas de divertirse. Para informarse de la programación, uno no tenía más que ojear una de las numerosas cabeceras que se editaban en esos tiempos o estar atento a los anuncios pegados en las columnas Morris. París contaba con 20 grandes teatros entre los que cabe mencionar la Ópera, el Odeón, el Variedades o el del Châtelet. Se sabe que, en las décadas de 1880 y 1890, medio millón de parisinos iban al teatro, al menos, una vez por semana (evidentemente, hablamos de clases acomodadas). Los espectáculos iban desde las óperas y balés más espectaculares hasta las comedias, los dramas, los vaudevilles, las farsas, las operetas o los melodramas. El horario solía ser desde las siete u ocho de la tarde hasta las doce de la noche. Los domingos, los días festivos y algunos jueves había pases de mañana, algo conocido como matinées. La mayoría de los teatros cerraban en verano.

Ópera de París. 1890-1900. Autor desconocido. Wikimedia Commons
Otra opción era disfrutar de la música en las distintas salas con las que contaba la ciudad. Los conciertos más relevantes eran los que se celebraban en el Conservatorio Nacional de Música, los de la Ópera, los de Lamoreux y los de Colonne. Más allá de estos espacios, con programación regular, uno podía asistir a los que tenían lugar en salas más pequeñas (la escasez de salas de concierto grandes es algo de lo que adolece el París de este tiempo) como la sala Pleyel o la sala Érard.

Sala Érard. París. 1885. TURGAN, Les grandes usines. Revue périodique des Arts industriels, Tome XVII.
Una versión menos solemne era ofrecida por los salones de música y los cafés concierto. El acceso era libre y gratuito, pero después se cobraba por consumición. En el escenario, tomaban forma diversos espectáculos. Entre los que funcionaban por entonces estaban el Folies-Bergère, la Bataclan o el archiconocido Moulin Rouge. No podemos ignorar otros entretenimientos como el circo, las pistas de patinaje, el hipódromo y sus carreras de caballos o las exposiciones de arte.

Vista de la plaza Blanche con el Moulin Rouge y el Sacre-Coeur al fondo. 1890-1900. J. Hauser editor. CC0. Wikimedia Commons
Gastronomía
En el París de 1890, existían, a grandes rasgos, dos tipos de restaurantes: los de precio fijo y los restaurantes a la carta. Los de mayor categoría eran los segundos, aunque en ciertos casos convivían ambas modalidades en el mismo establecimiento. El precio fijo consistía en un menú cerrado o con pocas opciones por el que se pagaba al entrar. Los restaurantes a la carta ofrecían una variedad de entrantes, sopas, carnes, pescados y postres a elegir por el comensal.

Fachada exterior del restaurante Marigny. Distrito VIII. París. c. 1890. Hippolyte Blancard. CC0. Wikimedia Commons
Así mismo, existía otra tipología llamada bouillons. En ellos, se ofrecía una carta al cliente, pero con alternativas bastante limitadas. La comanda se iba anotando en una tarjeta que se entregaba nada más entrar y, una vez se había dado buena cuenta de la comida y la bebida, se pagaba al salir en la zona de barra. La comida de estos locales tenía buena fama entre las clases medias. El más conocido era el Boullions Duval que creó distintas sucursales por la ciudad.
En las brasseries, caracterizadas por su decoración tradicional, uno podía catar distintos tipos de cerveza y, en algunos casos, también comer. Las clases más humildes solían frecuentar las tiendas de vino y los bares de estilo inglés.

Brasserie de París. 1891-1892. Stanisław Dębicki. Wikimedia Commons
Sin embargo, si hay un tipo de local que tuvo especial relevancia en el París decimonónico este es el café. Ya por entonces era habitual, sobre todo en verano, que las mesas de estos establecimientos invadieran las aceras conformando esa postal tan habitual de las terrazas parisinas. Limitándonos a la dimensión gastronómica del café, en estos negocios era posible disfrutar no solo de café, sino también de licores, cervezas y bebidas frías como los sorbetes. En muchos, además, se podía desayunar o almorzar. Solo en los de mayor categoría estaban admitidas las mujeres. Entre los más destacados podemos mencionar el Café de la Paix, el Café de Madrid o el Café Durand.
No podemos olvidar la selección de confiterías y pastelerías parisinas, entre las que se encontraban Julien Frères, Favart, Ladurée o Wanner.

Vista de la plaza de la Ópera de París con el café de la Paix. c. 1890. Escaneada de A Photographic Trip Around the World, John W. Illiff & Co., Chicago, 1892. Wikimedia Commons
Curiosidades
Este París de la belle èpoque era un París en el que la electricidad avanzaba a paso firme, pero lento, en la iluminación de calles y edificios. Así, es importante que lo imagines, en general, con iluminación de gas (lo que, por cierto, generaba que muchos árboles muriesen). De hecho, aunque la Ópera contó con luz eléctrica desde 1887, existían repuestos de gas porque, al principio del uso de la electricidad, los apagones eran bastante comunes. Además, las bombillas estaban gravadas con impuestos bastante altos, lo que provocó que su uso no se normalizara en los hogares hasta después de la Gran Guerra. El agua corriente tampoco estaba generalizada en París, pues existían graves problemas por la contaminación del Sena.

Bulevar de la Madeleine. París. 1890-1900. Wikimedia Commons
Eran numerosas las tiendas que, sobre todo en los distritos centrales, ocupaban los bajos de los soberbios edificios. Habían aparecido ya los grandes almacenes (Bon Marché o Printemps) y los bazares (La Ménagère o el del Château). En las guías de viaje de la época se recomendaba al visitante no entrar en las tiendas en las que se publicitaba que hablaban inglés, pues aquello solía ser una trampa para turistas. Al acceder, el tipo que hablaba inglés nunca estaba presente, siempre se había ausentado, y terminaban liando así a los viajeros.
Por las calles principales, uno podía toparse con esas columnas de anuncios o columnas Morris; también con quioscos de prensa o flores. Y, desde 1884, existían cabinas telefónicas, pese a que las posibilidades de esta conexión eran todavía muy limitadas.

Columna Morris. c. 1885. Jean Béraud. Wikimedia Commons
Ya en ese momento, el edificio público más emblemático de la ciudad era el museo del Louvre, en el que ya se mencionaba la Mona Lisa como atracción turística. Así mismo, se recomendaba visitar el cementerio de Pierre Lachaise, el jardín de las Tullerías o los campos Elíseos – paseos de moda -, así como el Bois de Bolougne, por la tarde. También eran parada obligada la rue Rívoli, los bulevares de la orilla derecha del Sena, la Madeleine, la catedral de Notre-Dame, la plaza Vendôme o la de la Concordia y, por supuesto, la torre Eiffel. Quizás, después de todo, 130 años no parecen tanto, pese a que, entre medias, Europa haya ardido dos veces...

Place de la Concorde. c.1890-1900. París. Wikimedia Commons
Aunque... no vayamos tan deprisa, porque hay rincones de ese París que ya han desaparecido. Uno de ellos tiene cierta importancia en la novela y es el palacio del Trocadero. Te dejo por aquí una fotografía para que veas lo que podían contemplar los parisinos de 1890 en el lugar en el que hoy se erige una estructura que, aun con parejo nombre, es totalmente distinta.

Palacio del Trocadero. París. Década de 1890. Wikimedia Commons
El París de hace más de un siglo ya era la ciudad grande y un tanto hostil que hoy puede reconocer toda persona que ansíe hacerse un hueco en ella. La alta competitividad y esa tensión campo-ciudad existente entre la capital y las provincias convertía a París en un destino en el que solo los más avezados podían sobrevivir. Sin embargo, como ocurre en el presente, la Ciudad de la Luz ya era un foco de atracción de turistas y migrantes, deseosos de formar parte de ella, de su Historia, aunque fuera por unos días. Algunos lo lograban en los distritos centrales, aquellos que habían quedado reservados para las clases pudientes; otros estaban destinados a buscar un rincón en los barrios obreros que se fueron conformando en la periferia como Belleville.
A fin de cuentas, todo cabe en París...

