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Namibia

Quinta parte de la serie Mis puntos cardinales

Diseñado por Pixabay_MillerGruppe

Abro los ojos.

La luz me irrita la piel. No estoy acostumbrada a cambios tan bruscos. Sé dónde estoy, aunque el mérito es reseñable teniendo en cuenta lo poco que sé de este lugar. Foso en el que se pierde el interés, en el que hasta los árboles se dibujan a golpe de prejuicios y estereotipos. La ausencia de agua me angustia. Tengo mucha sed. Los labios están cortados, lacerados por la sequedad.

Las sombras son un bien escaso, así que me limito a mantenerme de pie. Todavía tengo las manos mojadas del hielo perdido; aún conservo el frío en mí. Arrastro las plantas de mis pies, llenos de callos, golpeados por las aristas de un mundo que no siempre acepta mis pasos, y siento el incremento de temperatura. Comienza por los dedos, sube por mis muslos y alcanza mi garganta.

Olvido mi incomodidad y me concentro en los matices del entorno. Jamás hubiera imaginado que la tierra pudiera tener tantas tonalidades distintas. El marrón allí pertenece a otra dimensión, cercana a la divinidad. Contrasta y pelea con lo celeste, dejando esplendor a su paso en un lugar en el que se tiene mucho, pero no se posee nada. Con esta incoherencia se escriben los capítulos de un drama con cubiertas de sangre y polvo.

Sin entender muy bien por qué, empiezo a llorar. Las lágrimas mojan mis mejillas secas. Quisiera beberlas, que hidrataran la conciencia que ahora se rompe en pedazos. Pero no puedo. Consiguen nublar mi vista y difuminar el entorno. Entonces, en medio de una ensoñación surgida de mi estéril lamento, identifico algo brillante tras los primeros dos arbustos. ¿Agua?

Avanzo, abrasándome las heridas como penitencia, y me arrodillo frente al diminuto acuífero. Su transparencia no reconoce mi silueta. Pero es que, quizás, nunca estuve allí. Desesperada, regalo mis manos a esa fuente de hidratación para que, como un cuenco, lleven el agua hasta mis labios. En el momento en que espero sentirlos frescos, un montón de tierra rojiza los besa y se resbala por mi rostro. No hay agua, no hay nada. Pero es que, quizás, nunca estuvo allí.

Derrotada, cierro los ojos.

La imagen utilizada en este post ha sido diseñada por Pixabay (MillerGruppe).